Mi Primer Gran Fracaso

Aquí te cuento, cómo fue mi primer fracaso emprendiendo.

Verano del 2004, tenía 20 años recién cumplidos y había terminado mi segundo año de derecho. Por primera vez en cuatro años, no tendría que entrenar durante el verano, así que tenía tiempo libre para explorar nuevos horizontes.

En esos días ya me había metido en el mundo de producir fiestas, con un modelo de negocio simple pero efectivo: arrendábamos un lugar, contratábamos al DJ, vendíamos entradas y manejábamos el bar. El objetivo era sencillo: llevar a la mayor cantidad posible de asistentes.

Aunque no sabía mucho sobre «entregar una experiencia», sí quería que la gente «lo pasara bien» en los eventos que organizaba, llevaba buenos dj´s trata de innovar y hacer algo distinto.

Tras realizar con éxito tres o cuatro fiestas en Santiago, me propuse un desafío mayor: Pucón, el epicentro veraniego de los universitarios chilenos. Entre el 25 de enero y el 10 de febrero, Pucón era el lugar donde todos querían estar: fiestas, conciertos, casino, eventos… ahí ocurría absolutamente todo.

Buscando un socio estratégico, contacté a Renato, un tipo del que había oído hablar, productor de fiestas más senior con más años de experiencia, él también tenía intenciones de organizar algo en Pucón. Lo llamé sin conocerlo, me invitó a su casa en Providencia, calle huelén, aún recuerdo y la química fue instantánea, un tipo con buenas habilidades comunicacionales, confiable. Hasta hoy le guardo mucho cariño.

Pasó el tiempo, y en enero ya estábamos juntos en Pucón. Arrendamos una parcela camino al aeropuerto para nuestra fiesta. Audio, iluminación, generador… todo estaba bajo control, excepto un detalle crucial: los permisos municipales. Cuando fuimos a hablar con el alcalde de esta bella ciudad, nos dijo que no había problema, pero que debíamos pagar un permiso provisional por $2.500.000 en efectivo, dinero que no teníamos. El lamentó que no tuviésemos los recursos y dió por terminada la reunión. 

¿Qué hicimos? Cambiamos nuestra estrategia. Ahora la fiesta sería «más pequeña». Inicialmente nuestras expectativas eran para 3.000 a 5.000 personas. Tuvimos que bajar nuestro aforo, hacerlo sin tanto ruido ni promoción,  para unas 600-700 personas, sin venta directa de alcohol; la entrada incluiría barra libre.

Según mi interpretación de estudiante de segundo año de derecho, eso significaba que ya no necesitábamos aquel permiso costoso que el mandamás de la ciudad sureña nos estaba cobrando. 

La fiesta seguía en pie, ahora tocaba promocionar. Hicimos un flyer pequeño, cuadrado, de 5×5 cm. Por un lado, solo decía «Plataforma Pucón«; por el otro, un misterioso mapa que señalaba el punto donde, la misma noche del evento, revelaríamos la ubicación exacta de la fiesta.

Seleccioné a mis amigos más «facheros» para distribuir flyers e invitaciones, generando una atmósfera de exclusividad y aspiración alrededor del evento. Conseguí además bartenders, guardias, ticket cortadores y encargados de estacionamiento; básicamente puse a trabajar a todos los universitarios que conocía por $20.000 pesos la noche.

Llegó el día de la fiesta y todo parecía ir sobre ruedas, estaba confiado y tranquilo… hasta que… fui al supermercado a comprar mi almuerzo. En la fila escuché a varios grupos de jóvenes hablar emocionados sobre su plan para esa noche: ¡»Plataforma Pucón»! No se si viste la pelicula «Proyecto X» donde en una escena, los 3 amigos van al supermercado y se encuentran con un montón de gente que sin saber asistía a la fiesta que ellos organizaban… Aquí pasó lo mismo! 

Mi tranquilidad se transformó en puro nerviosismo; no estábamos preparados para tanta gente. Yo ya olía que esto podría ser no tan bueno para nuestras intenciones. 

Comienzo de la fiesta: 

A las 11:45 PM, uno de mis amigos que estaba en el punto de encuentro me llamó prácticamente con un ataque de pánico:

—¡Suazo, wn, está la cagá! No imaginas cuántos autos vienen. —Trata de atrasarlos, explícales lento— respondí nervioso. —¡No puedo, me van a matar si sigo atrasando esto!

Media hora después:

—Esto empeoró, deberíamos cancelar— me insistía. —No puedo cancelar, hagamos lo que podamos. —Son demasiados… —Que pase lo que tenga que pasar— dije decidido.

Finalmente, la fiesta fue un éxito total…pero, únicamente para los primeros en llegar, todo el resto de la gente que quería asistir no podía siquiera llegar por el tráfico que nuestro evento generó en TODA la ciudad. La situación a nivel comunal se descontroló totalmente: atochamientos de mas de 10 kilómetros en las calles, las discotecas competidoras, vacías esa noche, los dueños de las pubs y discoteques llamando a la municipalidad exigiendo una explicación.

Llegó la policía en cuatro camionetas a buscarnos, no sabíamos específicamente por que nos buscaban, pero oliamos que era muy posible que fuese el fin de nuestra aventura esa noche. 

Renato, en un acto heroico, asumió la responsabilidad frente a la policia, asegurando que era una fiesta privada con invitación, que no sabíamos por qué había llegado tanta gente (una mentira bastante piadosa).

Ya sabiamos que estaba todo terminado para nosotros, pero no queriamos enfrentar ninguna multa excesiva. Lo único que nos podía dejar en evidencia, era el alcohol que estabamos entregando al interior de la fiesta. 

Por suerte teníamos un plan de último recurso: La fiesta la hacíamos en la orilla de un rio. En la orilla, uno de los nuestros, un lugareño con un bote amarrado a un árbol. Lo que hicimos fue cargar el bote con todo el alcohol que teníamos y enviar al lugareño rio abajo. Terminamos haciendo eso… 

La fiesta se canceló a las 01.30 am, no ganamos un peso, perdimos y no poco dinero. 

Terminamos pagando una multa considerable: casi $1.000.000. Renato mi socio, pasó la noche en la comisaria, nunca le explicaron si estaba ahi detenido o solo para conversar (ahí nos dimos cuenta que nuestros competidores orquestaron todo) 

Al día siguiente, el diario «El Austral» el con mayor circulación en la zona, titulaba con dramatismo: «Pucón le declara la guerra a las fiestas clandestinas»

Este titular nos confirmó que había alguien detrás evitando que triunfásemos. 

Al menos fuimos el tema de conversación obligado ese fin de semana.

Finalmente pagamos la multa y nada más. Solo fue eso. 

Emprendiendo puedes fracasar por mil motivos, lo importante es: 

  • No te tomes los fracasos de forma personal
  • Vuelve a pararte rápido porque el fracaso te enseña mucho más que la victoria. 
  • Aprende de tus errores y sigue adelante. 

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