Perseverar, teniendo en cuenta que será nuestra arma más letal.
La perseverancia es quizá la habilidad más subestimada del emprendimiento. En mis propios días oscuros, cuando ni yo creo completamente que mi proyecto vaya a funcionar, me invade una pregunta persistente: ¿Por qué no avanzo al mismo ritmo que otros emprendedores? ¿Estaré haciendo algo mal?
Este cuestionamiento, sin embargo, es común entre quienes intentamos innovar. Según la profesora Teresa Amabile de Harvard, en su investigación sobre creatividad y emprendimiento, los emprendedores exitosos atraviesan constantemente períodos de duda y frustración. Su estudio «The Progress Principle» destaca que los avances pequeños y constantes, aunque casi imperceptibles, son fundamentales para mantener la motivación a largo plazo. Amabile sostiene que registrar y reconocer esos pequeños logros puede ser clave para superar el desánimo que inevitablemente llega.
Vivimos en una época inundada por historias de éxito aparentemente inmediatas, startups que alcanzan millones de usuarios en pocos años. Instagram, Snapchat, Facebook: ejemplos perfectos de esta percepción distorsionada. Pero, como bien señala el profesor de Stanford, Robert Sutton, en su libro «Good Boss, Bad Boss», tendemos a concentrarnos solo en aquellos que lograron un éxito rotundo, ignorando por completo los años de esfuerzo silencioso y los fracasos que enfrentaron antes de ese triunfo visible.
En Latinoamérica la realidad es más compleja. Históricamente, nuestra región no ha sido cuna de empresas tecnológicas que transformen globalmente la industria. Somos consumidores frecuentes de ideas externas más que exportadores de innovaciones propias. Este contexto hace aún más relevante la persistencia. Marcos Galperin, fundador de MercadoLibre, lanzó su startup mientras estaba en Stanford, apoyado por una red excepcional de contactos. Aun así, le tomó casi una década llevar su empresa a una IPO y, pese a ello, sigue principalmente en el mercado latinoamericano.
Fernando Fischmann, con Crystal Lagoons, invirtió años en desarrollo antes de lograr la expansión global. Amigos cercanos han pasado al menos 15 años antes de concretar un primer «exit» exitoso. Esto demuestra claramente que la construcción de una empresa valiosa rara vez es una carrera corta; más bien, es una maratón de determinación y adaptación continua.
Estudios recientes de la Universidad de Stanford sugieren que, en promedio, una startup que introduce una innovación significativa al mercado tarda alrededor de 7 a 10 años en consolidarse realmente, desde la concepción inicial hasta la adopción masiva del producto o servicio. Esto subraya que la paciencia y la persistencia no son solo virtudes, sino requisitos fundamentales para cualquier emprendedor innovador.
La profesora Carol Dweck, también de Stanford, nos recuerda en sus estudios sobre la mentalidad de crecimiento (Growth Mindset), que enfrentar los desafíos con la creencia firme en nuestra capacidad de mejorar y aprender puede transformar la frustración en crecimiento real. Según Dweck, ver cada obstáculo como una oportunidad de aprendizaje puede marcar la diferencia entre abandonar y persistir.
Por lo tanto, concluyo que es normal sentir desánimo, dudas e incluso preguntarse si realmente vale la pena continuar. Pero la evidencia, académica y práctica, indica que la clave del éxito no está en la ausencia de dudas, sino en nuestra capacidad de atravesarlas con determinación y aprovechar oportunamente cada oportunidad que se presente.
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